martes 18 de agosto de 2026
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El costo de defender lo indefendible

Una obra que expone las grietas del poder en Villa de Merlo

El adoquinado que los vecinos rebautizaron irónicamente como “la calle Adorni” empieza a hacer ruido donde más le duele al oficialismo, entre sus propios funcionarios, colaboradores y aliados.
martes 18 de agosto de 2026
Una obra que expone las grietas del poder en Villa de Merlo
Polémica por la pavimentación de una calle del barrio Francisca Hernández, donde reside el intendente interino Leonardo Rodríguez.
Polémica por la pavimentación de una calle del barrio Francisca Hernández, donde reside el intendente interino Leonardo Rodríguez.

La Fiesta Nacional de la Dulzura y los actos por el Día de San Martín volvieron a poner a Leonardo Rodríguez frente al público después de varias semanas en las que su figura quedó atravesada por una polémica que excedió las redes sociales y las conversaciones entre vecinos. Su presencia en ambos acontecimientos funcionó, casi sin proponérselo, como una nueva prueba del malestar que generó una decisión que hoy incomoda al propio oficialismo.

El intendente interino volvió a exponerse públicamente y, con él, reaparecieron las preguntas que durante las últimas semanas se instalaron con fuerza en la comunidad: ¿cómo se explica que un funcionario que ocupa la intendencia desde hace poco más de un año y medio haya demolido su vivienda de barrio para levantar una nueva construcción durante su gestión y que, además, una obra pública terminara adoquinando la calle en la que vive?

No es solamente la obra. Es la combinación de hechos y, sobre todo, la percepción que provocó.

Para una parte importante de la comunidad, la imagen resulta difícil de separar de la idea de un poder que utiliza los recursos públicos de una manera que termina favoreciendo a quien circunstancialmente ocupa el principal despacho municipal. La ironía popular hizo el resto. La calle fue rebautizada como “la calle Adorni”, una denominación que rápidamente dejó de ser un comentario aislado para convertirse en una expresión del rechazo que genera la situación.

Y allí aparece el dato político más significativo de las últimas jornadas.

Rodríguez volvió a los espacios públicos. Los vecinos volvieron a verlo. Y los funcionarios y allegados que acompañaron al Gobierno municipal volvieron a recibir, de manera directa, las preguntas y comentarios sobre el adoquinado y sobre la vivienda del intendente.

La reacción de algunos de ellos resultó más contundente que la esperada.

Lejos de salir a defender enfáticamente la decisión o intentar relativizar el malestar, varios funcionarios y personas cercanas al oficialismo expresaron, en conversaciones informales, una posición que coincidía con la de los vecinos y, en algunos casos, fue todavía más crítica. La preocupación no parecía estar puesta solamente en si la obra podía justificarse técnicamente, sino en el costo político que está generando.

Ese punto merece atención.

Porque cuando los propios integrantes de un espacio político empiezan a admitir que una decisión resulta difícil de defender, el problema deja de estar solamente afuera. El desgaste comienza a penetrar hacia adentro.

No necesariamente significa una ruptura. Tampoco implica que exista una rebelión dentro del oficialismo. Pero sí revela algo que cualquier conducción política debería observar con cuidado, porque hay dirigentes, funcionarios y colaboradores que no parecen estar dispuestos a cargar con el costo de una decisión que no tomaron y que quedó asociada directamente a la figura de Rodríguez.

En política, esa diferencia puede ser determinante.

El problema no se reduce a una calle. Tampoco a una obra de infraestructura. El conflicto se construyó alrededor de una percepción de privilegio que resulta más delicada cuando se trata de funcionarios públicos.

Una obra puede responder a una necesidad concreta y formar parte de una planificación municipal. Pero cuando esa obra se ejecuta precisamente en el lugar donde reside el intendente, cualquier explicación técnica debe convivir con una pregunta mucho más sencilla y es justamente ¿cómo se ve esto desde afuera?

Y la respuesta ya está instalada en la opinión pública.

El cuestionamiento se potenció, además, por el contexto. Rodríguez lleva poco más de un año y medio al frente del municipio y, durante ese período, la construcción de una nueva vivienda después de derribar la anterior se convirtió en otro elemento que la comunidad incorporó a la discusión. El adoquinado terminó funcionando como el broche de una secuencia que, para muchos vecinos, resulta difícil de aceptar.

Por eso la polémica no afecta únicamente la imagen personal del intendente interino. También compromete a una gestión del “alvarismo” que necesita sostener credibilidad, mostrar resultados y llegar al tramo final del mandato con capacidad para defender sus decisiones.

El calendario político agrega presión.

El oficialismo merlino transita una etapa que empieza a parecerse cada vez más a un fin de ciclo. En 2027, Villa de Merlo volverá a elegir intendente y la disputa por la continuidad del espacio que actualmente gobierna ya comenzó mucho antes de que llegue la campaña formal.

En ese escenario, cada decisión que pueda transformarse en un símbolo negativo puede tener una vida política mucho más extensa que la obra que la originó.

La “calle Adorni” ya adquirió esa condición.

El riesgo para el oficialismo es que una obra termine funcionando como una marca de privilegio. Y todavía mayor es el problema cuando quienes deberían salir a defenderla frente a los vecinos prefieren reconocer el malestar antes que asumir públicamente el costo de hacerlo.

Eso explica por qué las últimas apariciones públicas de Rodríguez fueron políticamente relevantes.

No porque haya ocurrido una protesta organizada ni porque exista una fractura formal dentro del Gobierno, sino porque la discusión dejó de ser una conversación exclusivamente vecinal. Llegó a los funcionarios, a los colaboradores y a quienes acompañan cotidianamente al poder municipal.

El costo político, en definitiva, ya no parece estar solamente en la calle.

También empieza a sentirse puertas adentro.

Y cuando quienes están cerca del poder comienzan a preguntarse cuánto cuesta defender una decisión, quizás el verdadero problema ya no sea la obra, sino la imposibilidad de explicar por qué fue necesario hacerla de esa manera.

Al día de hoy, las tareas están paralizadas, sin una explicación oficial.

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