El final del adoquín y la zumba
Hay gobiernos que dejan obras, otros dejan deudas y algunos dejan anécdotas. El de Leonardo Rodríguez parece decidido a dejar un poco de todo. Aunque, a juzgar por las imágenes que sobrevivieron a estos 679 días, el adoquín y la zumba podrían terminar teniendo más protagonismo que cualquier política pública.
Rodríguez llegó a la Intendencia el 23 de diciembre de 2024, cuando Juan Álvarez Pinto pidió licencia para incorporarse al Ministerio de Turismo y Cultura de San Luis. No asumía solamente para cubrir una ausencia. Tenía por delante casi dos años para demostrar que podía conducir el municipio con identidad propia, construir un perfil político y proyectarse hacia 2027, cuando Álvarez Pinto ya no podrá buscar la reelección. El interinato también podía convertirse en una plataforma para disputar un lugar en la sucesión política del oficialismo.
Pero una cosa era ocupar el despacho y otra, bastante más difícil, construir liderazgo. Casi 700 días después, Rodríguez deja la Intendencia con una crisis financiera, conflictos institucionales y una derrota legislativa que expuso las dificultades del oficialismo para sostener sus propias iniciativas.
La calle Hortensia Morán, frente a su vivienda, terminó convertida en una de las postales más comentadas de su interinato. El adoquinado despertó cuestionamientos y los vecinos encontraron un nombre para bautizarla: “la calle Adorni”. La ironía popular hizo lo que muchas veces no consigue la comunicación oficial: instalar una imagen imposible de controlar.
A esa postal se sumaron los cuestionamientos por la reconstrucción de su vivienda, la incorporación de nuevos vehículos y la reiterada presencia de su esposa en actos y eventos municipales, con espectáculos de zumba incluidos. Una agenda de imágenes que contrastó con las preguntas pendientes sobre las prioridades del gasto público y la transparencia de las decisiones.
Pero una gestión no se mide solamente por sus fotografías. También se mide por cómo administra, cómo responde y cómo resuelve los problemas de la ciudad. Y allí el balance tampoco parece ofrecer demasiados motivos para el festejo.
Los conflictos con instituciones, como el intento de tomar la Cooperativa de Agua, y las cartas documento enviadas a vecinos que reclamaron explicaciones por obras públicas incumplidas, como ocurrió en El Pantanillo, fueron sumando tensión. Mientras tanto, las dificultades financieras municipales dejaron de ser un problema de pasillo para convertirse en una preocupación política de primer orden.
El golpe más evidente llegó el 22 de octubre. El Concejo Deliberante rechazó por cinco votos contra cuatro los proyectos de financiamiento por hasta 1.900 millones de pesos. El oficialismo no consiguió los votos y el Ejecutivo quedó expuesto en una de las instancias más delicadas de su administración. Ni siquiera en el tramo final logró reunir los consensos necesarios para sostener su propia estrategia financiera.
Ahora vuelve Álvarez Pinto. Pero el regreso no será solamente un cambio de nombres en el despacho municipal. Rodríguez también deberá volver al Concejo Deliberante, un lugar al que había manifestado públicamente, en reiteradas oportunidades, que no quería regresar. Sin embargo, el nuevo escenario político parece imponer otras prioridades: su presencia en el recinto resulta necesaria para que el oficialismo pueda sostener su mayoría.
La política tiene esas vueltas. Quien había expresado que no quería volver a ocupar una banca ahora deberá hacerlo en un momento en que cada voto cuenta. Y el regreso también lo devuelve a la primera línea de una disputa que ya tiene la mirada puesta en 2027. Paradójicamente, quien tuvo casi dos años para construir un camino propio hacia la sucesión ahora vuelve al Legislativo.
Y aquí aparece la verdadera pregunta: ¿qué deja Rodríguez después de 679 días de gobierno? ¿Una ciudad mejor preparada para el futuro? ¿Una administración más ordenada? ¿Obras que hayan cambiado la vida de los vecinos? ¿O un municipio que todavía debe explicar sus prioridades, ordenar sus cuentas y reconstruir relaciones institucionales?
Este 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, Merlo despedirá un interinato. La coincidencia del calendario tiene su propia ironía: hay gestiones que pasan a la historia por lo que construyeron y otras que terminan intentando que se olviden sus desaciertos.
El adoquín ya tiene su calle. La zumba, sus escenarios. Y Rodríguez, una banca a la que decía no querer volver, pero a la que la nueva aritmética política vuelve a poner en su camino.
Porque gobernar no es tener una calle frente a casa, aparecer en los actos ni conseguir que una gestión tenga movimiento. Gobernar es administrar los recursos de todos, resolver problemas y dejar una ciudad mejor que la que se recibió.