Realidad paralela
El intendente interino que dice no tener tiempo, pero gobierna entre chicanas, silencios y fantasías
Leonardo Rodríguez volvió a hablar. Y como ya es costumbre, volvió a confirmar que su principal conflicto no es la oposición, ni la Justicia, ni el reglamento del Concejo Deliberante, sino la creciente distancia entre su discurso y los hechos. El intendente interino de Villa de Merlo -en funciones desde hace más de un año sin haber sido elegido por el voto popular- eligió nuevamente el micrófono de una radio afín para presentarse como víctima de críticas injustas, mientras dedicó largos minutos a atacar, burlarse y descalificar a quienes cuestionan la legitimidad de su permanencia en el poder.
“Yo no tengo tiempo para contestarle a la oposición”, afirmó con solemnidad. La frase duró poco. Acto seguido, habló extensamente de sueldos ajenos, supuesta vagancia, denuncias, conspiraciones políticas y hasta se permitió dar lecciones de moral y democracia. Horas antes, el mismo funcionario que dice estar desbordado de trabajo había publicado en la red social Instagram: “No llueve, son las lágrimas del PJ”, justo después de una sesión clave para sostener su cargo y mientras un temporal colapsaba calles y barrios de la ciudad.
En el universo que describe Rodríguez, Merlo funciona perfecto. Habló de una gestión ejemplar, de gente que lo felicita en la calle y afirmó que el único problema es una oposición malintencionada que “obstaculiza”. En la realidad concreta, gobierna un intendente interino sin votos, sostenido por interpretaciones forzadas, mayorías automáticas y una resolución tan polémica como irregular, que redefine reglas básicas del Concejo Deliberante para garantizar su continuidad y la del intendente licenciado.
Rodríguez se presenta como un defensor de la democracia. Recuerda con nostalgia su pasado como opositor “responsable” y asegura que jamás se le hubiera ocurrido judicializar la política. Sin embargo, hoy respalda un esquema institucional que amenaza con denuncias penales a concejales por opinar distinto, silencia el disenso y convierte el control democrático en una molestia a eliminar.
La entrevista tuvo incluso su momento de stand up político. El intendente se detuvo a detallar cuánto cobran los concejales opositores -más de 2,5 millones de pesos mensuales, según su relato-, habló de “módulos”, los mandó a “hacer rendir el sueldo”, los acusó de faltar a sesiones y de irse de vacaciones. Todo, claro, sin explicar por qué él puede seguir siendo intendente sin haber sido elegido, ni por qué esa discusión central para la institucionalidad debería ser considerada irrelevante.
De hecho, lo dijo sin ruborizarse: “Al merlino no le interesa quién es el intendente”. Una frase reveladora. No tanto por lo que dice de los vecinos, sino por lo que expone de quien gobierna. La legalidad, la institucionalidad y el origen del poder aparecen como detalles menores frente a la comodidad del cargo.
Concejal durante tres períodos consecutivos y ahora intendente interino sin fecha clara de salida, Rodríguez encarna una figura cada vez más difícil de defender incluso con sus propios argumentos. Habla de trabajo mientras chicanea en redes sociales. Habla de democracia mientras esquiva explicaciones. Habla de compromiso mientras reduce el control institucional a un estorbo.
Su gestión está marcada por la falta de transparencia, el ataque permanente a la prensa, la persecución laboral a trabajadores municipales, salarios por debajo del índice de pobreza, la intervención de la Cooperativa de Agua en junio de 2025, el castigo a instituciones que no se alinearon a su gestión, el incumplimiento sistemático de pedidos de informes y un abandono alarmante de los barrios. A esto se suma una frase que profundizó el malestar social:“A mí, mal no me está yendo”. Una declaración realizada con anterioridad pero que caló hondo en los vecinos que luchan día a día para llegar a fin de mes.
En el arco político local -que incluye dirigentes de distintos colores, hasta personas que formaron parte de este mismo gobierno- crece el consenso de que esta gestión será recordada como “una de las peores de la historia democrática de Villa de Merlo”.
Las declaraciones sobre los sueldos de los concejales tampoco son inocentes. Buscan enfrentar al Poder Legislativo con la comunidad y desviar la atención. De hecho, el propio intendente debería públicamente explicar cuáles son sus ingresos. Su crecimiento patrimonial en un corto período llama poderosamente la atención. Al parecer, habría adquirido vehículos 0 km, habría hecho remodelaciones millonarias de su vivienda; generado nuevos proyectos comerciales y también posee medios de comunicación cuyo sostenimiento económico despierta preguntas legítimas, incluso con empleados cuya situación laboral no estaría clara.
Así, cada afirmación pública lo aleja un poco más de la seriedad que exige el cargo y lo acerca peligrosamente a la caricatura de un dirigente que gobierna sin votos, se aplaude solo en la radio de sus socios, se burla en redes mientras la ciudad se inunda y acusa a todos los demás de no estar a su altura.
No es la oposición la que lo deja en ridículo. Es él mismo, con micrófono en mano, convencido de que su relato alcanza para tapar una realidad que ya no se puede disimular.