Valle del Conlara
Un proyecto sobre autismo transformó la convivencia en un aula de Santa Rosa
Todo comenzó con una inquietud nacida en el aula, comprender cómo perciben el entorno dos compañeros con Trastorno del Espectro Autista (TEA) y por qué determinados ruidos o texturas pueden resultarles abrumadores.
Desde esa pregunta, los estudiantes de 2º “B” del Centro Educativo Nº 17 “Hipólito Irigoyen”, de Santa Rosa del Conlara, desarrollaron junto a la docente Marcela Páez el proyecto de Ciencias Sociales “Conociendo el Autismo: la hipersensibilidad táctil y auditiva en la escuela”.
Los chicos, de 7 y 8 años, abordaron el tema a través de vivencias sensoriales, charlas con una profesional fonoaudióloga y el aprendizaje de pictogramas. Así pudieron comprender que algunos sonidos cotidianos, como el timbre del recreo o los aplausos, pueden generar molestia y que determinadas texturas pueden provocar incomodidad y hasta dolor físico.
En diálogo con ECN, la maestra explicó que una de las actividades consistió en una simulación de sobrecarga auditiva. Los alumnos utilizaron auriculares mientras escuchaban una pista a volumen medio-alto con murmullos, timbres y conversaciones superpuestas. Al mismo tiempo, debían resolver una suma simple o seguir una instrucción susurrada por la docente.
“Esto les permitió comprender la fatiga mental y la dificultad para concentrarse que causa el procesamiento sensorial diferido”, explicó.
La experiencia no quedó solamente en lo que los chicos pudieron aprender sobre el autismo. También llevó a modificar algunas de las rutinas del curso.
“Se reemplazó el aplauso ruidoso por la elevación y agitación de manos (lenguaje de señas) para celebrar logros sin generar picos de ruido”, contó la docente.
Además, crearon un “Rincón de la Calma” en la parte posterior del aula, con luz tenue, baja estimulación visual y elementos sensoriales de autorregulación, como botellas sensoriales.
Los pictogramas también pasaron a formar parte de la dinámica diaria en el aula. Se incorporaron tarjetas para señalar transiciones como “Cambio de actividad” y “Tiempo de silencio”, además de tarjetas de emociones para que cualquier alumno pueda expresar que necesita un descanso sin necesidad de verbalizarlo.
Además, hubo un aspecto que, para la seño Marcela Páez, resultó principalmente significativo, ya que las nuevas herramientas fueron aplicadas en todo el grado.
“Al ver que todo el curso adoptaba el aplauso silencioso y el uso de pictogramas, la adaptación dejó de ser una ‘excepción personal’ para convertirse en un código compartido por todos”, comentó.
Ese cambio también tuvo un impacto en los dos estudiantes con TEA. Según relató la docente, se observó “una mayor predisposición a participar en trabajos grupales y a buscar ayuda”, al percibir el aula como un entorno seguro y empático que comprendía sus necesidades sensoriales.
El proyecto es uno de los seleccionados para representar a la Región IV en la etapa provincial de la Feria de Ciencias, que se realizará el próximo 19 de agosto en la ciudad de San Luis, con la participación de las seis regiones educativas de la provincia.
Para Páez, el trabajo dejó una enseñanza que excede los contenidos de la investigación. “Un aula inclusiva no es aquella donde todos hacen lo mismo al mismo tiempo, sino aquella donde cada estudiante recibe lo que necesita para desarrollarse a su propio ritmo”, sostuvo.
Y resumió el sentido de la experiencia con una frase: “La inclusión comienza cuando dejamos de pedirle al otro que cambie su forma de sentir y empezamos a cambiar nosotros la forma de mirar”.
El proyecto está dedicado además a la memoria de la Seño Micaela Díaz Vallejos, docente acompañante a quien la comunidad educativa recuerda por su entrega y por haber sido un pilar en este camino hacia una escuela sin barreras.